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Últimamente estamos entrando en paro cardíaco casi cada semana con la caídas de Whastapp, Instagram y Facebook

Estas caídas han supuesto un antes y un después en la reflexión sobre la dependencia que estas formas de comunicación nos han creado.

El pasado 4 de octubre, durante unas 6 largas y para algunos interminables horas, los tres gigantes de la comunicación digital dejaron de funcionar. 

Facebook e Instagram dejaron de actualizarse, imposibilitando el entretenimiento de los usuarios.
Lo más catastrófico y que llevó a una espiral de incertidumbre, fue que el símbolo del reloj que indica el estado del envío del mensaje en WhatsApp, no desaparecía y cambiaba al esperado doble check. 

Pánico.

Más de 3.500.000 millones de usuarios en todo el mundo, UN TERCIO DE LA POBLACIÓN MUNDIAL, se vieron afectados por el fallo técnico.

Como reacción a lo ocurrido se desataron todo tipo de sentimientos y reflexiones: pánico, angustia, impotencia pero también libertad.

Pseudo libertad.

Mientras otras plataformas ponían sus cartas en la mesa mofándose del Apocalipsis digital, el mundo entero dejó de mover sus pulgares y deslizar hacia arriba noticias y posts.

El apagón nos dejó desnudos.

 

 

Nos dimos cuenta de que la dependencia a ciertas redes era más que evidente. De forma indirecta nos enfrentamos a las consecuencias de lo que se conoce como zero-rating, un servicio ofrecido por operadores de telefonía móvil que ofrece gratis el acceso a determinadas redes sociales.

Obviamente te puedes imaginar de qué redes estamos hablando. Se promociona el uso de ciertas redes sociales que se venden como un producto necesario e único.

¿Cuántas veces hemos dicho a lo largo de nuestra existencia digital: “Hablamos por WhatsApp.” o “tienes perfil de IG o FB?”. Todas estas redes ya vienen implícitas en nuestros móviles o dispositivos, sólo depende de nosotros su uso.

Zuckerberg el gigante, obviamente ha llegado muy lejos. Por supuesto el mérito que hay que darle está vinculado a su capacidad de conectar a millones de personas a lo largo de todo el planeta.

Por supuesto hay que contar con los efectos positivos dados por estas redes: socialización, alcance de perfiles y amigos lejanos, teletrabajo y conexión instantánea.

No obstante, todo positivo esconde lo negativo. La dependencia a interactuar virtualmente prefiriendo la comunicación digital antes que la real es un hecho evidente sobre todo entre las nuevas generaciones.
A ello se suma la vulnerabilidad de la protección de datos, la privacidad, el desgaste físico de nuestros pulgares y una joroba dada por la posición omnipresente de “cabeza hacia abajo”.

Cada paso que damos, Google lo sabe.

Cada búsqueda que hacemos, Facebook lo detecta.

Cada bocado que damos, IG se hace eco de nuestra experiencia con su hashtag #instafood.

Nuestros comportamientos digitales se han vuelto tan habituales y tan normales que quitarnos las redes de forma repentina y sin previo aviso, ha revelado una adicción oculta.

Obviamente no nos quedó otra que esperar revelando, de forma sorprendente, nuestra capacidad de supervivencia sin redes.

Lo positivo a toda esta catástrofe mundial ha sido la sensación de libertad que muchos han experimentado al desconectar. Paradójicamente hemos desconectado para volver a conectar de nuevo pero esta vez con la realidad.

Una realidad real.

Cada uno de nosotros vivió el apagón de forma diferente. Sonrisas y lágrimas, desesperación y alegría. Cada usuario una reacción.

¿Cuál ha sido la tuya?